R-EVOLUCIONANDO

26 Julio 2007

*Seguridad e inseguridad, el capitalismo y sus dos caras…

Archivado en: Sin categoría — kual @ 19:51

                                                         

La inseguridad. El tema del momento. Los medios masivos de información, con la misma facilidad con la que dirigen la atención de las masas a los afectos de la esposa de un ex presidente, refuerzan día a día la alarma general contra el peligro de los pibes chorros.

            De este modo no hacen otra cosa que cumplir con una de sus funciones principales: formar a la opinión pública, generando un consenso pasivo en las masas sobre qué es lo que debe interesarles, de qué forma deben entender la cuestión, e incluso sobre cómo deben actuar al respecto.

            Todo análisis social, por básico que sea, que haya buscado sinceramente las causas últimas del pequeño robo violento ha encontrado que esta no es otra que la desigualdad social. La enorme concentración de riqueza en pocas manos refriega, con desprecio, el lujo y la ostentación en las narices de los que menos tienen. Demuestran los ricos con su ejemplo que riqueza sobra, y que el camino para llegar a ella no es trabajar más (si esos parásitos que disfrutan de lo que el pueblo produce no trabajan) sino que sólo hay que ver cómo apropiársela. Pero el capitalismo justamente es la negación de que la riqueza sea para todos, y el estado cumple con eficacia su función principal: garantizar la estabilidad del sistema social, que los ricos sigan siendo ricos y los pobres pobres, que los primeros sean los que manden y los segundos sólo obedezcan.

            El mismo sistema enseña a cada momento que la acumulación de bienes está antes incluso que la vida de los demás. “Quien nada tiene nada vale” nos repite la sociedad de la explotación y el consumismo, y quien hace propia esta falta de respeto por la vida y siente a su vez que él mismo nada vale, poco le importa arriesgar la vida (la suya o la de los demás) en la búsqueda desesperada de una mínima cuota de placer o de seguridad que disimule (al menos momentáneamente) la miseria, moral y material, en que transcurre su vida.

            Así, estos desesperados, incapaces ya de enfrentar e incluso distinguir al causante de sus males, se deciden un día a atacar a los más desprotegidos. Unos atacan y roban a sus vecinos y otros, creyendo que el estado los protege como a los ricos le exigen a éste que acabe con todo posible atacante, que le llene el barrio de asesinos a sueldo llegando a encubrir, legitimar e incluso a demandar la violencia del aparato represivo contra quien sea que les resulte “sospechoso”, es decir contra los que menos tienen.

            Mientras, los ricos disfrutan satisfechos de haber logrado que aquellos mismos a quienes exprimen para tener lo que tienen se contenten con buscar quitarle algo al vecino o con pedirle a sus explotadores y a sus empleados y socios (autoridades: políticos, jueces, obispos, etc.) que se fortalezcan y apliquen mayor rigor aún contra los que comparten su misma situación de miseria.

            Acostumbrados a delegar hasta su pensamiento en manos de las autoridades, las masas se manifiestan como un inmenso conglomerado de individuos egoístas que, o se conforman y acostumbran a lo que sea, o reaccionan dentro del marco instituido por el mismo sistema que genera los problemas que pretenden solucionar. Tanto desde posiciones izquierdistas como derechistas se critica una consecuencia y se sostienen las causas: casi en todos los casos la lucha termina, o incluso empieza, pidiendo la intervención de autoridades que vengan a solucionarnos los problemas. Así el pueblo se pone en marcha, sin tomar conciencia de que es un gigante que avanza de rodillas.

            Pero volviendo al tema “del momento”, este mismo artículo que trata el tema lo hace por la importancia que se ha logrado dar al mismo y por su valor como herramienta simbólica del poder. Pero aún no revisamos que desde el poder se da a entender por inseguridad tan sólo un tipo muy específico de violencia: la violencia extrainstitucional contra la propiedad privada, agravada a veces con algún daño a las personas. En cambio, la violencia que no vulnera el derecho a la propiedad privada (primer mandamiento del capitalismo) parece relacionarse tangencialmente con la inseguridad, y la violencia diaria de la policía contra las personas (violaciones, secuestros, torturas, asesinatos,…) ya directamente es tratada como tema aparte. La Policía… Todo este ejército de matones, ladrones y asesinos del pueblo, con sus calabozos, cárceles y armas vienen a ser “las fuerzas de seguridad” frente al terror del pibe chorro con navaja.

            Y el absurdo no termina ahí si seguimos abriendo la mirada y descubrimos, por ejemplo, que más allá del caso diario de la víctima de la violencia armada en la región, las víctimas de la misma falta de respeto por la vida pero con un auto por arma son muchísimas más y el asalto permanente de los ricos al pueblo con el estado por arma ya puede considerarse, por lo sistemático y por la cantidad de muertes que genera en cada región, como un verdadero genocidio. Sobre todo si entendemos que es esta última violencia la que genera la misma falta de respeto a la vida que provoca los miles de muertos anuales por “accidentes” de tránsito, “accidentes” policiales o “accidentes” en robos.

            “Pero no nos vayamos de tema”- dicen a coro las masas con su voz distorsionada por los medios –“contra el pibe chorro cárceles, jueces, granadas, tortura… Mano DURA”. Y el poder se entusiasma viendo que las relaciones entre vecinos y entre compañeros de trabajo se enfrían, que el miedo se contagia y atomiza al pueblo, convirtiéndolo en un inmenso rebaño que bala asustado llamando a sus pastores con  sus perros ovejeros. Y el poder se ríe viendo que con la delgada y titubeante figura del pibe chorro encubre todo el paquete de inseguridades económicas y espirituales reales… o más bien a la Gran Seguridad, la seguridad del privilegio de unos y de las necesidades primarias insatisfechas de otros, del sufrimiento y la muerte de los segundos por el beneficio de los primeros, de la cristalización y el empeoramiento progresivo de la desigualdad social.

            Esta es la seguridad que se pide, la seguridad de lo existente. Pero la inseguridad de la que se habla es tan sólo producto de la misma seguridad que se pide. De este modo, fortaleciendo más las fuerzas de seguridad del sistema, sólo tendremos más seguridad de que la violencia de todo tipo nos alcance sólo a nosotros y sea cada vez mayor. El problema del pibe que arriesga su vida y la de los demás por 3 gramos de merca, o el del que por no conseguir trabajo se mete a la policía y también el de aquel que por temor a lo que le pueda pasar en la calle corre desesperado a pedir más policía son, a fin de cuentas, el mismo. La falta de confianza en el ser humano, en uno mismo y en la posibilidad de relación libre e igualitaria con los demás para el mejoramiento de todos, entrega al pueblo atado de pies y manos a sus opresores históricos: Dios, el Estado y el Capital. Depende del hacernos cargo de nuestra propia vida y de nuestras decisiones, tanto individual como colectivamente, el poder plantearnos las cosas como son. Depende del saber relacionarnos con nuestros semejantes, para acabar con la seguridad de la muerte y la pobreza (de lo instituido) el poder cambiar realmente algo y no seguir conformándonos con los múltiples anestésicos del poder. Por eso no pedimos  nada al poder, ni queremos la seguridad de la desigualdad y las rejas.

¡Contra la seguridad y la inseguridad, libertad e igualdad!¡Por la sociedad de libres e iguales, organización y lucha!

           

           

             Horacio Seo

extraido del Organizate y lucha de la Sociedad de Resistencia de Oficios Varios de Mendoza
F.O.R.A./A.I.T

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